Polémica Coffman, o como dejar de perseguir una nueva identidad para las bibliotecas

Steve Coffman durante su intervención

 

Steve Coffman y Ana Alonso (SEDIC) en La CentralAyer, vienes 23, pude asistir a la conferencia que daba Steve Coffman (polémico bibliotecario americano, Vicepresidente del LSSI) en la librería La Central (en Madrid), en un acto previo a la presentación del libro editado por Trea, ganador del III Concurso Teresa de Andrés de Ensayo, organizado por SEDIC. Y la verdad es que después de oírle uno se queda impactado, aunque los que habíamos ido a escucharle ya sabíamos su opinión sobre ciertos temas relacionados con las bibliotecas…

El caso es que no me ha sorprendido mucho su postura, porque los que estábamos allí escuchándole ya sabíamos por dónde iban los tiros en sus tesis, gracias especialmente al Grupo Durga, en concreto a Honorio Penades y a su artículo comentando las polémicas palabras de este bibliotecario americano, a Nieves González y Jesús Tramullas, por sus respectivas reseñas sobre el polémico artículo de Coffman.

Resumiendo su postura, si es que he entendido bien, digamos que defiende la vuelta del bibliotecario a sus labores (entendidas éstas como la gestión de la biblioteca clásica, con sus libros, sus estanterías, etc., todo ello administrado y supervisado por un bibliotecario que no debe ocuparse de extraños inventos y tecnologías que nada tienen que ver con la idiosincrasia bibliotecaria, según él).

En su exposición, resumía sus ideas principales tratando de aportar datos que dieran algo de sentido a sus opiniones, las mismas que defendía en su artículo (comentado por Jesús Tramullas en  su reseña), en el que ponía ejemplos de cómo diversos servicios por los que las bibliotecas apostaron en su día, se han convertido en auténticos fracasos, sin lograr la repercusión esperada. En definitiva, sostiene que los vagos intentos de acercarse a la tecnología, ajena a las labores propias de la biblioteca, han supuesto en la mayoría de los casos un fiasco para el mundo bibliotecario (servicios como el de referencia de acceso virtual, presencia virtual en redes sociales buscando la participación e interacción de los usuarios, etc.).

Especial atención prestó Coffman al tema del libro electrónico y cómo la lectura en papel no solo no está en peligro sino que, según él, se mantendrá y convivirá sin problema con el formato electrónico (y como ejemplo de ello ha señalado la reciente apertura de la librería La Central donde se estaba realizando la ponencia. Eso sí, ha obviado comentar la cantidad de librerías que, tanto en EE.UU como en España, han cerrado sus puertas ante la crisis del sector editorial y la entrada del libro electrónico).

En definitiva, ha sugerido la necesidad de que los bibliotecarios volvamos a mirar hacia el libro, y nos preocupemos de mejorar los procesos bibliotecarios clásicos, abandonando la idea de explorar nuevas vías para llegar a los usuarios utilizando nuevas tecnologías que, como señala, nos son ajenas, y con las que estamos en clara desventaja frente a empresas que pueden explotar sus recursos mucho mejor que nosotros. O sea, que no nos acomplejemos de nuestro trabajo (entendiendo “nuestro trabajo” como el trabajo clásico del bibliotecario).

Steve Coffman durante su intervención

Pues bien, la verdad es que no puedo estar más en desacuerdo con Steve Coffman (aunque sea una eminencia, a veces las eminencias pueden equivocarse), y al fin y al cabo, sus predicciones no dejan de ser meras conjeturas basadas en determinadas experiencias con ciertas dosis de subjetividad, todo hay que decirlo. En cierto modo, no deja de ser otro bibliotecario más con síndrome de trithemius agudo, que trata de buscar alguna solución a los problemas identitarios de una profesión que se diluye entre una demanda a la baja de sus servicios clásicos, y una ingente cantidad de nuevas posibilidades que están por descubrir y explotar, sin saber muy bien cómo enfocarlas para adecuarlas a una institución que, en ocasiones, es demasiado inmovilista.

Ha sido una verdadera lástima no haber tenido tiempo suficiente (se ha alargado más de la cuenta) para plantearle una serie de preguntas que se me han quedado en el tintero. Pero vamos, paso a resumir mi postura debidamente:

Por una parte, sobre su defensa del libro en papel hay que señalar (y ya se lo ha recordado uno de los oyentes al final de la charla) que no solo va a cambiar el panorama editorial sino que ha cambiado ya, y como ejemplo han puesto la cantidad de literatura científica que hoy en día es manejada ya en exclusiva en formato electrónico, además de la creciente demanda de este formato a todos los niveles. A mi modo de ver, este nuevo mercado todavía está en fase de expansión, y la cantidad de formatos y de dispositivos de lectura no hace sino retrasar lo que será un hecho consumado en unos años, la muerte del libro en papel. La pregunta no es si morirá, la pregunta es cuándo lo hará. Siempre podrá quedar un pequeño mercado remanente de libro impreso, como hay también mercado de vinilos o de manuscritos. Algo totalmente residual. Pero aunque me equivoque y no fuera así, si los bibliotecarios no nos preparamos para manejar este tipo de formatos y de dispositivos, ¿quién lo hará? ¿Google? Posiblemente así sea, al menos esa ha sido la apuesta de Coffman, señalando que las bibliotecas no pueden competir con empresas como Google que digitalizan millones de libros y los dejan accesibles a través de la Web. Sin embargo, se olvida Coffman que los bibliotecarios no pueden vivir ajenos a los cambios tecnológicos, y menos todavía, ajenos a los cambios de tecnologías que les afectan. Además, también se olvida de la función de preservación que ejercen las bibliotecas y que las empresas privadas no tienen por qué asegurar. Posiblemente, el formato electrónico no se adecue demasiado a los servicios clásicos que ofrece la biblioteca, pero ese debe ser unos de los motivos que nos debe hacer buscar nuevos servicios que prestar (¿formación?, ¿entretenimiento?, ¿…?) desde nuestras instituciones.

Librería La Central (Madrid)Por otra parte, sobre las nuevas tecnologías que los bibliotecarios tratan de adaptar para mejorar los servicios de las bibliotecas, lo cierto es que puso casos que, en ocasiones, han sido desafortunados (un claro ejemplo fueron los servicios de referencia virtual, o el de búsqueda intermediada), pero en otros ejemplos las bibliotecas han sabido buscar un hueco para relacionarse con los usuarios. Es el caso de los perfiles en redes sociales de las bibliotecas, que quizá no sean nodos de comunicación en la web, pero hay que ser realistas, las bibliotecas tampoco lo son en la realidad (aunque podrían y quizá deberían serlo).

Sobre las salas de ordenadores que se tienen de acceso público, que según ha comentado fue una idea que surgió a raíz de una donación de miles de CPUs por parte de Bill Gates a las bibliotecas de EE.UU, ¿pues qué voy a decir? ¿Acaso la biblioteca es solo un almacén de libros? No, ¿verdad? Lo suyo es que los puestos de ordenador (salas multimedia o telecentros, el nombre es lo de menos…) sean un elemento más en una institución que no solo alberga una colección del libros, sino que es una posibilidad real de progreso para personas que no pueden acceder por sus propios medios a ese tipo de recursos de información, sean libros, discos, ordenadores, periódicos, revistas, o lo que sea. ¿Por qué abandonar la idea de ofrecer ordenadores para acceder a Internet desde la biblioteca? ¿Solo porque Coffman defiende que un alto porcentaje de gente ya tiene Internet a través de su Smartphone? ¿Y el porcentaje de gente que no tiene acceso? ¿Acaso la biblioteca debe ser un servicio para “mayorías? No es la idea que yo tengo de biblioteca… La biblioteca debe ofrecer un servicio universal y pensar en aquellos que no tienen acceso a ciertos recursos más que en aquellos que sí lo tienen.

Acabaré citando a un amigo que recientemente participó en las XIV Jornadas de Gestión de la Información como creativo y que señalaba cómo la creatividad y la originalidad no tienen valor por sí mismas. Es decir, las ideas, por ser originales no necesariamente son buenas ideas, no deja de ser necesario que tengan un componente de utilidad para que contengan un valor especial que las aúpe y las dé significado. En el caso de Coffman, sus ideas, por revolucionarias y originales que sean (aunque realmente veamos que no lo son tanto, al fin y al cabo lo único que defiende es la vuelta al Medievo pero con otros términos), y se produzcan muy a contracorriente, no dejan de ser al menos poco útiles. Coffman insiste en que la biblioteca debe renunciar a sí misma, debe renunciar a seguir buscándose y a perseguir una identidad que le dé sentido en la nueva era tecnológica que avanza inexorable, y yo me niego a ser, tal y como parece que sugiere, un niño que va en bicicleta y que, ante los obstáculos que le surgen, lo único que hace es cerrar los ojos, como si eso le protegiera de lo evidente. No cerremos los ojos ante los indiscutibles cambios que se aproximan, busquemos soluciones!

¿No triunfamos en la búsqueda de nuevos servicios? Sigamos buscando otras alternativas. ¿No tuvimos el retorno esperado? Mejoremos nuestros procesos para que eso cambie. Sigamos buscando nuestro sitio, movámonos, y no nos dejemos influir por los cantos de sirena en la comodidad de un universo inmovilista.

Víctor Villapalos

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Documentalista diplomado y con título de Grado por la Universidad Complutense de Madrid, actualmente trabajo en gestiones administrativas dentro del sector sanitario. Sin embargo, también estoy embarcado en diversos proyectos que me mantienen ocupado en la tarea de reconducir mi carrera profesional hacia mi verdadera vocación de gestión informativa y documental. Además de estas labores profesionales, la lectura, los libros, el deporte (especialmente el kendo, aunque últimamente lo tenga algo aparcado) y los viajes, consumen la mayor parte de mi ocio, sin olvidar las nuevas tecnologías y el “dospuntocero”.

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