Algunas gotas de sudor se lanzan a los brazos de la fina lluvia que golpea la frente de unos niños. El parapeto de la memoria a veces nos confunde. Los espejismos, vivan en una libertad imaginaria o en la legalidad efectiva de nuestros actos, se aparecen en el horizonte sin saber muy bien si estarán allí cuando lleguemos. Por eso, en ocasiones las manos ejercen de ojos e intentan palpar, en el inabarcable universo del tacto, aquellas ilusiones que se aparecieron a lo lejos, las que todo el mundo fue capaz de intuir, pero nadie puede de afirmar en el presente.

Las porras no están hechas para quitar urnas, pero las urnas se idearon para eliminar conflictos.

En las divisiones, el problema está en el corte, en la sección, en el filo que destruye y separa los lazos forjados con el tiempo. Quizá sea un error no permitir una votación y dejar que un fino y preciso corte sustituya el desgarro que se sobreviene. O quizá la herida sea demasiado profunda para buscarle cicatrices.

A esta hora, ya vemos que el eco de las porras se confunde con el ruido de los flashes, y ya no tengo ninguna duda: España es un país en el que los problemas siempre vienen dentro de un sobre.