A final de este mes de marzo será el aniversario de las fatídicas fechas en las que se puso punto y final a la guerra civil española y, siendo este año el 75 aniversario del inicio de la contienda, he querido hacer un breve ejercicio de repaso histórico sobre lo que significó aquella derrota y el inicio de 40 años de dictadura franquista. Por este motivo, he querido hacer una serie de entradas que versaran sobre diferentes aspectos y circunstancias que se dieron en aquellos días y que marcaron los años posteriores a la contienda.

La guerra civil terminó en el puerto de Alicante a finales de 1939, cuando miles de personas, huyendo de diferentes ciudades, se congregaron en dicho lugar en espera de un exilio que nunca llegó, al menos, para más de 12.000 personas (según datos de los sublevados, aunque muchos autores hablan de cifras muy superiores, algunos hasta de 30.000) que huían de la represión franquista por haber desarrollado una labor activa en apoyo de la República (políticos, dirigentes sindicales, militares, etc.) o simplemente por pertenecer a sindicatos o tener convicciones políticas de izquierdas. A todas ellas, sin embargo, les recibió una ciudad de Alicante ruinosa y llena de miseria, pero sobre todo era una ciudad hundida por la desolación de saberse vencida, donde republicanos venidos de todas partes intentaban buscar una salida a su difícil situación mientras los falangistas comenzaban a adueñarse de los últimos puestos clave en la región. Cuesta imaginar cómo fueron los acontecimientos de esos últimos días de marzo llegando a situaciones esperpénticas en las que un mismo despacho era utilizado por republicanos que intentaban arreglar documentos para su exilio mientras unas mesas más allá los falangistas daban órdenes para poner controles y detener a los grupos de republicanos que seguían llegando a la ciudad. Y no lo digo en sentido figurado, lo sostenía el que fuera por aquel entonces Jefe de la falange alicantina cuando dijo “Nos movíamos entre los rojos como si no existieran, dándose el caso de que mientras en un ángulo del despacho un grupo de rojos se interesaba enérgicamente por sus pasaportes, en otro ángulo, la Falange daba órdenes encaminadas al desarme…” (MARTÍNEZ LEAL, J.; ORS MONTENEGRO, M., 1995).

Hacía ya más de un mes que la derrota republicana por los sublevados era más que evidente. Azaña había dimitido, Negrín intentaba reorganizar las fuerzas republicanas, pero ese mismo empeño aceleró aun más, si cabe, los elementos conspiratorios que acabarían por aflorar y dividir al frente Popular. El día 26 de marzo las tropas franquistas iniciarían la última ofensiva sobre un Madrid ya sin resistencia.

Miles de evacuados, restos del frente Popular, pusieron rumbo hacia la costa alicantina con la esperanza de encontrar algún barco que le sacara de allí. Otros muchos decidieron quedarse en Madrid y confiar en la benevolencia de un régimen que ya había demostrado por activa y por pasiva la contundencia de sus acciones y la implacabilidad de sus actuaciones, aun cuando quisieran disfrazarlas en esos últimos días de la guerra de cierta magnanimidad que no fue tal. Mucho fueron los que creyeron en la frase “nada tiene que temer de la justicia aquel que no tenga las manos manchadas de sangre” que serviría para que un gran número de personas decidiera quedarse en Madrid y enfrentarse a un destino que pensaba sería menos negro de lo que finalmente fue.

En Alicante, el 28 de marzo zarpó el penúltimo barco con refugiados hacia el exilio de Orán. El Stanbrook admitió a todas las personas que pudo, 2.638 refugiados, para ser exactos. Pero no todos los barcos aplicaron la misma política de evacuación y a media noche de ese mismo día partía de allí el Marítima, solo con 32 pasajeros. El resto de personas y muchas más que irían llegando en masa a la ciudad y después al puerto solo llegaría a ese lugar para esperar, algunos a la muerte, otros a una dura represión, otros al suicidio.

La quinta columna alicantina, los últimos de los últimos en mostrar sus cartas, ya se habían adueñado de la ciudad. Desde el puerto se organizó una Junta de evacuación de emergencia entre todas las fuerzas políticas junto con el cuerpo consular, quienes organizaron la llegada de los supuestos barcos de ayuda y la defensa del puerto. La desolación hizo su aparición en el puerto, donde se quitaron la vida muchas personas (entre 22 y 136 según diversas fuentes). Eduardo de Guzmán contaba: “Continúan los suicidios. En la parte exterior del muelle dos cadáveres flotan junto al rompeolas. Debieron tirarse al agua al amanecer, sin que nadie se diese cuenta. […] En dos días más el fascismo no tendrá nada que hacer porque nos habremos matado todos.”

Se llegó a hablar de otro posible buque, esta vez de la armada francesa, que podría rescatar a 400 refugiados. Así que se rehicieron los listados que indicaban preferencia de evacuación. Pero de nuevo todo se vino abajo cuando el día 30 hizo su desfile el cuerpo expedicionario italiano, desde el puerto se podían oír sus cánticos, todo estaba perdido.

El Cónsul argentino y el francés trataron de buscar una salida con el general italiano Gambara para crear una zona neutral que permitiera el rescate de los refugiados, pero se hizo imposible. Es más, esos dos cónsules fueron detenidos horas después por incitar a la rebelión, un sin sentido. Sin embargo, es cierto que, por lo menos, el general italiano hizo caso omiso a la órdenes del general Saliquet que indicaban que redujera a los refugiados “por la fuerza de las armas”, evitando así una matanza inútil.

El día 31 entraron en el puerto dos barcos, pero cuando los abatidos republicanos comprobaron que se trataba de dos barcos nacionalistas (el canarias, y el Vulcano) y desembarcaban soldados españoles, el caos fue total. Aquella noche las hogueras trataron de hacer desaparecer los últimos documentos que pudieran comprometer a los pocos refugiados que aun no habían sido trasladados a los numerosos centros de detención que se habían habilitado para tal fin y que los días anteriores no se había encargado de hacer desaparecer.

Todos los que sobrevivieron a aquellos primeros días de detención en el campo de los Almendros, en los cines de la ciudad, en el Castillo de S. Fernando, o los que resistieron en el campo de Albatera, y se libraron de las sacas de presos que se sucedieron durante aquellas fechas, todavía tendrían que enfrentarse a una supuesta desafección a un régimen golpista a través de tribunales militares de urgencia que se habilitaron para tal fin. Hoy en día, es posible encontrar y consultar toda la documentación relacionada con esos hechos a través de diversos archivos militares, principalmente en el Archivo General e Histórico de la Defensa situado en Madrid, donde se conservan toda clase de documentos relacionados con los procedimientos judiciales de Madrid, Toledo, Ciudad Real, Cuenca, Cáceres, Badajoz, Albacete, Valencia, Alicante y Castellón, que iniciaron cuarenta años de persecución política.